Trabajos de Estudiantes

No llores por mí, Argentina

Por primera vez en suelos chilenos, a los hinchas argentinos les tocó vivir la otra cara de la moneda la tarde del 4 de julio de 2015. Su rival, Chile, solía ser el vecino pequeño que siempre salía derrotado. Guido, un forofo albiceleste, cuenta cómo le tocó vivir en carne propia aquella dura derrota trasandina.

Por Nicolás Espinosa G.

“Messión Imposible” tituló el diario “Olé” de Argentina su portada del 5 de julio del 2015, haciendo alusión a la responsabilidad de su máxima estrella por el bochorno sufrido la noche anterior: Chile les había ganado en penales la Copa América. Argentina estaba de luto.

***

Guido Mamone siempre ha sido un enamorado del fútbol. Socio de Boca Juniors desde el año 2007, nunca se pierde un partido cuando los Xeneizes juegan en la Bombonera, estadio que múltiples futbolistas aseguran que tiembla cuando Boca hace un gol. Como todo argentino, además del de su club, Guido tiene otro escudo al cual declara su amor: el de su Selección. Y cómo no, si mal que mal el equipo albiceleste le ha entregado a su pueblo muchas alegrías; entre ellas nada menos que dos copas del mundo.

Estéfano Le Roux, un chileno de 21 años fue de viaje junto a su grupo de amigos para celebrar el año nuevo 2015 en el pueblo de Montañita, Ecuador.  Una noche antes del cambio de año, sus amigos decidieron hacer una pequeña fiesta. Es por esto que invitaron a quienes eran sus vecinos en Montezuma, un pequeño hostal con pinta tropical y techo de paja en pleno centro de la ciudad. Los invitados, formados por un grupo de amigos provenientes de Buenos Aires, se sumaron a la celebración. Entre ellos estaba Guido.

Amor a la camiseta

“Guipi”, como lo conocen sus amigos, no aparentaba sus 23 años. Su metro setenta de altura, cabello rubio y ojos azules caracterizan perfectamente su ascendencia italo-argentina. “¡Me voy para Chile, vieja!” gritaba esperanzado a su madre, mientras compraba un pasaje de avión por internet. La televisión, puesta estratégicamente sobre un escritorio de madera y con la pantalla en dirección a la cama, repetía los 6 goles que Argentina le había hecho a Paraguay, sacando pasajes a la final del torneo que no ganaban desde 1993. “Si pasamos a la final, me voy a Chile” había prometido Guido días antes. La albiceleste venía de perder la final del mundial el año anterior, nada menos que contra Alemania. Es por eso que traer la Copa América a casa era una obligación.

Guido aterrizó el jueves 2 de julio a las 7 de la tarde en la loza del aeropuerto Arturo Merino Benítez, Estéfano, de quien se hizo muy amigo en el viaje a Ecuador, lo estaba esperando mientras él recogía su maleta. Una vez concretado el encuentro de los dos amigos, quienes ese sábado serían rivales, emprendieron rumbo a la casa de Estéfano en Buin. Una vez ahí, Le Roux le preparó una pieza con todas las comodidades a su invitado.

-Puedes dormir ahí, en la pieza de invitados al final del pasillo.

-Gracias, boludo.

-Ven cuando estés listo, la comida está servida.

En la mesa también se encontraba Américo, hermano de Estéfano. Los tres comieron y se quedaron conversando hasta altas horas de la madrugada, como si no se hubiesen visto en años.

Día D

La mañana del 4 de julio fue caótica en todo sentido. Santiago se encontraba ajetreado, se notaba el nerviosismo en la gente. Gran parte de los televisores de todo el país se encontraban encendidos esperando el partido que comenzaba a las cinco de la tarde. Sin importar el buen momento de los chilenos, las casas de apuestas daban como gran favorito al equipo de Lionel Messi, quien en los números eran infinitamente superior.

Pedro de Valdivia con Avenida Grecia, 15:30 horas. A pesar de ser invierno, el sol brillaba fuerte ese día. Aún faltaba una hora y media para el inicio del encuentro y en la esquina noreste del complejo que alberga el Estadio Nacional ya se vivía un aire de fiesta. La van que transportaba a Guido y a cuatro personas más los dejó en la bomba de bencina ubicada en dicha esquina. La Marea Roja se hacía presente en Ñuñoa y las miles de poleras rojas hacían notar aún más las pocas remeras albicelestes que con valentía y orgullo debían caminar por la extensa Avenida Grecia para luego doblar en calle Marathon, donde se encuentra la entrada de la hinchada visitante. Aquel recorrido se mostraba amenazante. Más de 40 mil personas vestidas de rojo coreaban sin cesar distintas canciones, algunas incluso xenófobas, en contra de Guido y sus compatriotas.

– ¡Argentino, argentino!

¡Que amargado se te ve!

¡Messi no tiene los huevos,

que tiene Gary Medel! –

 

“Todo alrededor del estadio fue un ambiente bastante hostil” recordaría posteriormente Guido. “Pero bueno, uno entiende que con el fútbol siempre pasan estas cosas. Pasan acá, pasan allá. Cuando vienen y cuando vamos”. Los ceacheí se escuchaban a cada rato, por donde uno fuese. Los bocinazos eran ensordecedores. La alegría de la hinchada roja era evidente. Confiaban en su equipo. La pequeña línea entre la pasión y el fanatismo es delgada, por lo que la tensión para los argentinos era entendible. Eran menos. A pesar de esto, no faltaban los que confundían la valentía con la irresponsabilidad y respondían los cantos con letras aún más ofensivas.

– Chile, decime que se siente

Saber que se te viene el mar

Te juro que aunque te tape el agua

Nunca te vamos a ayudar –

 

Diez minutos caminando en contra de la corriente hasta que Guido logró llegar a su primera parada. A mitad de calle Marathon, una pequeña abertura en una reja se encontraba custodiada por un guardia de lentes oscuros. Ver aquella escena, produjo un sentimiento de alivio en Guido. Había una fila de argentinos esperando entrar. Ya se encontraba con los suyos. Ya podía gritar a viva voz sus cánticos de galería. Entrada en mano, Guido pasó el primer control y ya se encontraba dentro del estadio donde pretendía ver a su Selección gritar campeón.

120’

Cinco de la tarde en punto y el árbitro Wilmar Roldán daba el pitazo inicial. Ambas hinchadas gritaban eufóricas dando aliento a sus respectivos equipos. No había otra opción que no fuera dejar la vida; los jugadores en la cancha y los hinchas en las gradas. Más que mal, ambas escuadras tenían a su clásico rival al frente. Guido creía que la victoria de su equipo era inminente.

Minuto 33 del partido y la primera polémica se instalaba en el gramado del Coliseo de Ñuñoa. Gary Medel le propinó un patadón en el estómago a Lionel Messi. Los argentinos se levantaban, gritaban, reclamaban. Roldán, haciendo oídos sordos a los reclamos albicelestes, sacó del bolsillo izquierdo de su camiseta la tarjeta amarilla y extendió su brazo hacia el chileno. Desde el banco visitante, piden descontroladamente la expulsión.

Los minutos corrían y la paciencia argentina se iba agotando. “Los laterales chilenos son muy superiores a los argentinos”, pensaba Guido mientras veía como el partido “quizás no estaba tan asegurado como pensaba”. De la euforia en la hinchada visitante pasaron a la preocupación. Se notaba en las caras. El nerviosismo de ver cómo un partido que históricamente les pertenecía no se estaba dando como ellos esperaban y provocaba un silencio casi mortal. La pequeña parte del estadio destinada para los hinchas rivales, contaba con familias completas que contrastaban con algunos tipos borrachos, además de chilenos infiltrados que no alcanzaron a comprar su entrada en otro sector.

Minuto 90+1. Ataque chileno por la banda izquierda que Nicolás Otamendi, central argentino, logró despejar. La pelota le quedó servida en la cabeza a su compañero Ezequiel Lavezzi, quién pivoteó de manera perfecta. Contragolpe. Los hinchada visitante se puso de pie. Gritaban con todas sus fuerzas. Esperaban poder ganar esta final tan difícil en el último instante. Se sentía el nerviosismo. Faltaban segundos para que el partido se fuera al alargue y esta contra letal hizo pender de un hilo la esperanza chilena.

Lionel Messi la agarró en mitad de cancha y comenzó a correr. Se quitó a tres rivales y abrió la pelota a la derecha, en dirección a quien anteriormente le había dado el pase. Lavezzi sacó un centro envenenado para que Gonzalo Higuaín, por milímetros, mandara el balón fuera. “Nos salvamos” concluía el relator Claudio Palma tras esa jugada, la cual coincidió con el pitazo final. Guido, por otro lado, tampoco lo podía creer. Los fantasmas del pasado comenzaban a merodear.

En el alargue no hubo un equipo que fuera superior al otro. Cualquiera podía ser campeón, así como cualquiera podía quedarse con las manos vacías. Algunos ataques de Chile hicieron sobresaltar a la ya inquieta e impaciente Marea Roja, la cual deseaba más que nunca gritar campeón por primera vez. El pitazo final llegó cuando el marcador mostró los 120 minutos. La tanda de penales era una realidad. Una lotería.

Desde los 12 pasos

Segundo penal para Argentina. Messi ya convirtió el suyo y los chilenos hicieron lo propio por su cuenta. Gonzalo Higuaín se encontraba frente al balón. El “Pipa”, ese que tantos goles por el Real Madrid y el Napoli convirtió. Va el Pipa, le va a pegar y… elevó. El estadio se cayó. El sonido era ensordecedor. Chile, por primera vez en la historia, llevaba la delantera.

Charles Aránguiz no falló y marcó desde los doce pasos. La serie se encontraba 3-1 para Chile y Ever Banega era el encargado de achicar la diferencia. Pequeña carrerita, le pega a la derecha y… ¡tapó Claudio Bravo!. Silencio total en la hinchada albiceleste.

La noche ya reina en Santiago y es Alexis Sánchez quien toma el balón. Si lo mete, se acaba el sueño. Guido reza desde su asiento, que por favor se le vaya afuera. Alexis tenía una cara de nervios que no era para menos: en sus pies estaba el sueño de todo un país. El tocopillano fue y con un trote suave, picó la pelota y engañó al arquero.

El estadio explota. Chile campeón. Argentina, una vez más, perdía una final.

Aterrizaje forzoso

Ha pasado una hora desde que Alexis Sánchez le dio su primer título al equipo chileno, y mientras todos celebran, Guido guarda silencio. Sus compatriotas lloraban al ver cómo su selección fallaba nuevamente. “Tremenda paja” dijo. Con esas palabras, describió perfectamente lo que estaba viviendo. Viajó arrastrado por el amor a su equipo, sin esperar tan trágico final. Lo que Guido tenía claro es que el fútbol da revanchas.

Ya es de noche y el olor a asado se apoderó de Santiago. El trasandino se reunió con Estéfano, quien no escondió su felicidad al momento de consolar a su amigo. “Así es el fútbol”. Los bocinazos no cesaron en todo el largo camino de vuelta a casa.

Estéfano invitó esa noche a Guido a una fiesta. Más por ser educado que por ganas, aceptó. Una vez ahí, fue la principal víctima de las bromas. Por primera vez, un chileno podía molestar por fútbol a un argentino. Y no iban a dejar pasar la oportunidad.

Se le veía desilusionado. Triste. Y no era para menos. Para alguien que estaba acostumbrado históricamente a ganar todo, perder dos finales en un año resultaba doloroso. Alguien en la fiesta le preguntó sobre su punto de vista: “Entraron creyendo que el partido les pertenecía. Ahí estuvo el problema” respondía convencido Guido. “Para los argentinos, Chile es el país vecino al que siempre le van a a ganar, de cualquier manera”.

Guido y Estéfano habían pactado previamente que el ganador no iba a molestar mucho al que resultara perdedor. Al momento de hacer la promesa, el porteño pensaba que no había posibilidad que fuera él quien resultara ser molestado. Argentina no ganaba nada a nivel de Selección Adulta desde 1993, precisamente cuando ganaron la Copa América por última vez. La tristeza de Guido, quien buscaba ser parte del histórico momento cuando Argentina volviera a levantar una copa, contrastaba con la felicidad de los demás asistentes a la fiesta. Él y todo Argentina se encontraban de luto.

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