Muchas veces me da vergüenza mi país. Creo que muchos chilenos tienen una memoria demasiado vaga y cortoplacista. No me cabe en la cabeza como, solo a 45 años del día más negro de la historia de nuestro país aún hay gente que justifica, ampara y defiende lo que comenzó a ocurrir el día martes 11 de Septiembre de 1973 en nuestro país.

Yo nací 24 años después del golpe de estado. Para la mayoría soy un cabro chico, de hecho lo soy. Cuando comienzo a discutir sobre el golpe con gente mayor, el argumento con el que me intentan callar es por lo general el mismo: “Usted no vivió en ese tiempo, así que mejor no opine”. Sí, no viví en ese tiempo. ¿Y qué? Con los años afortunadamente he podido formar mi criterio y opinión sobre ese nefasto periodo. Con 21 años puedo decir que se lo que pasó, mi familia por suerte se ha encargado de contarme todo, con lágrimas en los ojos y con la voz entrecortada cada vez que recuerdan ese día. Por lo general a los medios les interesa mostrar cómo vivieron el 11 de septiembre los miembros de la elite chilena, pero creo yo que es más importante cómo lo vivió la gente común y corriente.

Mi abuela cuenta que ese día se levantaron normalmente. Con mi bisabuela, mi mamá y mis dos tías partieron rumbo a la Escuela Consolidada en la comuna de Pedro Aguirre Cerda, un trayecto que en auto nos demoraba diez minutos. Al llegar ya todos creían saber qué pasaba, luego de unas horas a todos los mandaron para la casa. No había locomoción colectiva de vuelta, tuvieron que caminar una hora por la avenida Panamericana (Ruta 5 Sur hoy en día).

Mi mamá, que en ese momento tenía 7 años relata que veían los helicópteros pasar por los aires y sentía como si estuviera en un clima de tragedia. “El 11 de septiembre de 1973, comenzó mi memoria y mi conciencia. Mi inocencia de niña murió, me la arrebataron. Toda esa seguridad que tenía antes ya no existía. Mi país, mi ciudad y las calles por donde caminaba ya no me hacían sentir cómoda”, dice.

Al llegar a la casa en la comuna de San Miguel mi abuela y mi bisabuela estallaron en llanto. Mi mamá pensó inocentemente en ese momento: “Murió Allende”. El día siguió y mi abuelo que trabaja en MADEMSA llegó 3 horas después. En ese tiempo solo había terror y miedo en la casa. Los helicópteros, las pisadas de los militares, sus tanques y sus camiones pasaban por fuera de la casa de mi familia ubicada en San Ignacio 2674. En la tarde la televisión informaba fuerte y claro: “Allende se suicidó en La moneda”. A esa hora el país se encontraba en toque de queda, la junta ya había establecido su supremacía. Los primeros balazos no demoraron en comenzar, por suerte mi Abuelo había puesto colchones en las ventanas para que no entrasen las balas. Nadie durmió, los militares pasaban por el techo. Era tanto el miedo, que cuando mi abuelo caminaba un paso fuera de la pieza  en la que estaban juntos, el llanto y los gritos comenzaban por parte de mi mamá y mis tías.

Al otro día Chile ya había cambiado. “A los pocos días llegó un camión de los milicos a la Escuela Consolidada, estábamos trabajando normalmente. Empezaron a apuntarnos con sus armas para que nadie se moviera y nadie dijera nada. Buscaban unas armas que supuestamente estaban ahí. Nunca encontraron nada. Después sacaron una lista y empezaron a llamar a algunos compañeros, se llevaron a 10. De uno de ellos, no supe en años, Nelson Viveros se llamaba. Se lo llevaron a Pisagua, lo torturaron y le rompieron la mandíbula, solo por ser del Partido Socialista”, recuerda con la voz entrecortada mi abuela.

Hace poco volví de un viaje de 8 meses por Europa y por lo general, cuando me preguntaban sobre el golpe les contaba la historia de mi familia. Quedaban atónitos, lo podía ver en sus caras, no podían creerlo. Y quedaban aún mas sorprendidos cuando les decía que había gente que aún justificaba lo que pasó. No lo podían creer, simplemente no les cabía en la cabeza.  Un alemán al que le conté esta historia me dijo: “Ellos son peores que los Nazi”. Por que claro, en Alemania como el me explicaba, están avergonzados de lo que pasó con Hitler. Me da vergüenza.

¿Cómo es posible? Nunca he podido entender y probablemente nunca entienda la defensa que algunos dan a ese periodo. Desde que tengo uso de razón, la figura de Augusto Pinochet me causa asco y pena. No puedo ni siquiera imaginar como mi mamá, mi abuela, mis tías, mi abuelo y mi bisabuelo pudieron soportar ese miedo, esa incertidumbre y ese terror al acostarse por las noches.

El 11 de septiembre no es un día más. Para muchos y muchas ese día cambió su vida. Para muchos y muchas fue el día en que no pudieron despedirse en la mañana de sus esposas y esposos. Para muchos y muchas fue la última mañana que vieron a sus hijos e hijas. Para muchos y muchas fue la última mañana en que pudieron darle un abrazo a sus padres y madres. Para muchos y muchas fue la última vez que tuvieron una familia. Para muchos y muchas fue el día en que su vida se apagó. Para muchos y muchas fue el último día en que pudieron estar en su País. Para muchos y muchas fue el día en que la tristeza y la incertidumbre no abandonaron nunca sus pensamientos. No es solo un día más, es el día en que nuestra historia se tiñó de negro.

Es por eso que me da pena, rabia e impotencia que aún hay gente que es partidaria del golpe. No me cabe y nunca me cabrá en la cabeza la poca empatía que existe en Chile por todas las víctimas de la dictadura. Según la comisión Valech, son más de 40.000 las víctimas que dejó la dictadura, pero creo que son muchos más. Son muchos más porque todos somos víctimas directa o indirectamente de ese triste periodo. Nos dividió como país y a algunos los cegó.

“Un pueblo sin memoria, es un pueblo sin futuro”, dice el memorial en el sector norte del Estadio Nacional. Cada vez me hace mas sentido esa frase. Cada vez pienso más en lo que somos, tristemente. Somos un pueblo sin futuro, porque la memoria no se respeta, no se recuerda y se insulta.

1 comment on “Sin futuro

  1. Hay mucha gente que esconde la cabeza en la arena y así sobreviven las injusticias que viven a diario en este país

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