Nacional Reportajes y Entrevistas

La fe en común: Ana Iturra y los haitianos de Los Lagos

Miles de inmigrantes provenientes de la isla de Centroamérica han llegado a Chile buscando una vida mejor, pero no siempre han podido encontrarla. Al menos no en Santiago. 55 se han instalado en la comuna de Los Lagos, en la provincia de Valdivia. Acá, algunas de sus historias y cómo la religión ha sido un soporte fundamental para sus vidas.

Por: Tamara Köhler Torres

Hace tres años Huberta Zéphirin (32) estaba en Haití, su país natal. Miraba la televisión junto a su madre y la tarde estaba calurosa, mientras el sol iluminaba con tonos rojizos los muebles rotos de su casa, o lo que quedaba de ella. Después del terremoto que sacudió Haití el 2010, lo perdieron todo. De pronto, comenzó un spot publicitario: “Chili, une vie meilleure” (Chile, una vida mejor).

Ella, al igual que muchos haitianos, invirtió mucho de lo que tenía para viajar a Chile.  Compró el pasaje en 1.300 dólares y parecía ser parte de un viaje perfecto. A otros compatriotas les ofrecieron lo mismo: un par de noches en un hotel, y algunas  agencias incluso les pasaron un teléfono. Otras  más descaradas les prometieron hasta un trabajo. Pero llegando, las agencias desaparecieron. Y las esperanzas de Huberta comenzaron a derrumbarse.

Huberta vivía con su esposo, su hija y su madre en Haití. Desde el terremoto del 2010 las cosas andaban a medias pues perdieron casi todo lo que tenían, y lo que quedó no estaba en buenas condiciones. Cuando la idea de venirse a Chile se convirtió en algo concreto, su madre vendió la casa donde vivían y le pasó el dinero en efectivo para que viajara con su marido.

—Yo me quedo con la niña. Tú anda a buscarnos una vida mejor —le dijo su mamá.

Y así fue. Huberta viajó con su esposo y dejó allá a su hija de siete años, algo que la entristece hasta hoy.

Hoy, ella y su marido viven y trabajan en Los Lagos, una ciudad de 9.749 habitantes, ubicada en la Región de Los Ríos, a la que cada vez llegan más haitianos buscando mejores oportunidades.

Huberta es amiga de Claudia Merlus, una mujer que es parte del catastro de 55 haitianos que han llegado a ese lugar. Claudia mide 1,79. Es negra y tiene el pelo largo. Tiñe tres mechones de diferentes colores y camina por la Plaza Cívica de los Lagos como si le perteneciera. Pero no siempre vivió aquí. Ella nació en Puerto Príncipe, en Haití. Tiene 27 años de edad y llegó a Chile el año pasado.

Primero llegó a Santiago y allí conoció a Chachoul Cenor, un haitiano de 29 años que llegó al país unos meses antes que Claudia y que hoy es su ex pareja.

Juntos decidieron viajar al sur de Chile pues no pudieron encontrar ningún trabajo en la capital. Por medio de un amigo escucharon que en el sur había más posibilidades y que en Los Lagos estaba formándose algo así como una colonia de haitianos a los que les iba bastante bien.

Al llegar a Los Lagos —ciudad sureña donde abundan actividades ganaderas y forestales—, se puso a trabajar en una tienda de menaje  y así inició sus trámites para obtener un documento nacional oficial.

Unos meses  después, terminó su relación con Chachoul. No se llevaban bien. Sin embargo, quedó embarazada. Hoy tiene 15 semanas de gestación. Él no quiere saber de ella ni del bebé.

“Tengo miedo”, dice Claudia, mientras suspira a través del teléfono. Sus documentos oficiales aún se encuentran en trámite, por lo que incluso si Chachoul no quiere hacerse cargo del bebé cuando nazca, ella no tomará acciones legales.

Hoy, la cantidad de requisitos para vivir en Chile ha aumentado notablemente . El filtro de entrada y permanencia es más severo desde que Sebastián Piñera puso en marcha el Proyecto de Migración.  “Yo estoy de acuerdo con el Señor Piñera, él no quiere delincuentes”, asevera Claudia.

 

La “Iglesia del Señor, la cual ganó por su sangre”

A veces Claudia siente temor de lo que suceda con el nacimiento de hijo. Otras veces este se disipa levemente, porque a pesar de que Chachoul ya no está en su vida, hay alguien que la apoya desde hace un tiempo, “su madre chilena”.

Esa madre es Ana Iturra, una mujer evangélica de 52 años que vive en Los Lagos y que trabaja en la municipalidad. Ambas se conocieron una tarde en el supermercado Unimarc del pueblo. Claudia estaba haciendo la fila para comprar pan para su once. Justo había peleado con su ex pareja y se notaba la pena en su rostro. Ana, quien la observaba desde lejos, decidió acercarse y le preguntó qué le pasaba.

—Tengo pena, estoy sola y extraño a mi mamá —respondió la joven.

—No, corazón. Ya no estás sola. Ahora me tienes a mí —dijo Ana.

Desde entonces Ana no se separó de Claudia y se convirtió en su “madre chilena”. Primero la ayudó a salir de la casa donde la joven vivía con dos primos. Ahí les cobraban 80 mil pesos a cada uno y no les permitían usar la cocina y los espacios comunes. La dueña no los trataba bien y muchas veces le gritó a Claudia: “¡Levántate negra de mierda!”.

Ahora van juntas al doctor. Ana la ayuda a comprar, le consiguió un refrigerador, una lavadora, ropa y productos de aseo.

Todo es mejor en la vida de Claudia desde que apareció Ana. Y así es para muchos de los haitianos que llegan a esa ciudad.

Ana tiene varios “hijos haitianos”.

Hace nueve meses, en un día fresco día de verano en el sur, ella iba saliendo del trabajo y como todos los días pasó a comprar al supermercado Unimarc, un establecimiento concurrido pues es el lugar más grande y abastecido donde comprar.

Ahí Ana conoció a sus primeros “hijos”. Había cuatro negros afuera del establecimiento.  Se les acercó  y se enteró de que buscaban trabajo. Ellos no hablaban muy bien español, pero intercambiaron los números de celular y luego comenzaron a comunicarse por Whatsapp.

Desde ese momento, Ana Iturra asumió el rol de madre de los haitianos que ha conocido. Se fueron a vivir con ella. Hasta el día de hoy los acompaña al doctor y frecuentemente otros también se acercan hasta su hogar para alimentarse.

No está sola en eso. Su marido Luis Riffo de 50 años, y dos de sus cuatro hijos también la apoyan en su cuidado. Las ganas de ayudar y proteger a estas personas, según ellas provienen principalmente de la misericordia que les ha enseñado su religión y que comparten con prácticamente todos los haitianos que llegan, como Huberta y Claudia.

Son las 10 de la mañana del día domingo y se acaban de abrir las puertas de la Iglesia del Señor “La cual ganó por su sangre” , que hoy está más llena que nunca. Si hay algo que tienen en común los haitianos y los habitantes de Los Lagos, es su fe.

“Los límites de mi vida son los límites de mi lenguaje”

Junior Almeus mide 1,95, 24 centímetros más que el promedio de los chilenos. Tiene 30 años y la piel negra. Su pelo es rizado y tiene unos 4 centímetros de alto. Desde lejos resaltan sus uñas largas y amarillas, producto de la enfermedad que lo aqueja desde hace algunos meses.

Almeus alcanzó a ir a tres clases de español impartidas por la municipalidad, pero no aprendió lo suficiente para poder comunicarse correctamente.

A principios de julio de este año fue diagnosticado de aplasia medular y pancitopenia, un tipo de cáncer poco común a la médula ósea, que no produce células cancerígenas pero que destruye la producción de glóbulos rojos, blancos y plaquetas. Desde que le encontraron esta enfermedad está hospitalizado en el Hospital Base de Valdivia. Esto, debido a que Fonasa creó un Rut prototipo para todos los inmigrantes y Junior también tiene el suyo. Con ese número, accede a los beneficios del sistema público, por lo que no paga nada por recibir atención médica y comida, además de su tratamiento.

Almeus llegó hace 10 meses a vivir a Chile. Su primera parada fue la capital del país, pero rápidamente viajó a Los Lagos, pues no pudo encontrar trabajo. Su hermano, Romy, de 34 años, quien vive en Santiago, le dijo que en el sur le iría mejor. Viajó a Los Lagos y encontró trabajo en una constructora  donde tiene contrato y le pagan 430 mil pesos líquidos. Él tiene uno de los mejores trabajos entre los haitianos de Los Lagos, tanto por el sueldo como por las condiciones. Éste le ha permitido seguir recibiendo un sueldo y ahorrar, a pesar de estar con licencia.

Él también es uno de los “hijos” de Ana Iturra y hasta que le diagnosticaron la enfermedad, vivía con ella en su casa. “Yo a veces me siento mal porque siempre le decía a Junior que era mi hijo flojo. Estaba cansado y dormía mucho, mucho más que los demás”, cuenta Iturra.

“Antes de la hospitalización, (Almeus) empezó a tener dolores de cabeza muy seguidos y cada vez más fuertes. Fue al consultorio y le hicieron algunos exámenes. Así descubrieron su enfermedad” , cuenta Iturra, mientras viaja junto a su marido a Valdivia para visitar a Junior por tercera vez en la semana.

Hace cuatro meses, el 5 de julio, fue Ana quien lo acompañó a Valdivia al Hospital Regional. Ahí le hicieron un examen de sangre a primera hora ese día y después se volvieron a Los Lagos.

Un par de horas después, Ana trabajaba en la Municipalidad. Era la hora de colación. Aunque normalmente no atienden llamadas en ese horario, el teléfono no dejaba de sonar. Iturra decidió contestar.

—Señora, usted trajo a un haitiano al hospital hoy en la mañana. Tiene que volver urgente y traerlo. No podemos decirle nada más por teléfono, pero por favor tráigalo pronto —le dijo una mujer que trabajaba en el hospital.

—Tengo que ir a buscar a Junior —anunció Ana. Tomó sus cosas y partió.

Ana y Junior tomaron un taxi desde Los Lagos a Valdivia. Almeus llegó y lo dejaron hospitalizado en urgencias. Ese mismo día partieron con las transfusiones de sangre y se empezó a sentir mejor. Pero esas transfusiones no son suficientes para que se mejore. Lo que Junior necesita ahora es un trasplante de médula ósea.

Actualmente están a la espera de un análisis de sangre para saber si Romy, su hermano que vive en Santiago, puede ser su donante.

En Los Lagos y en Valdivia se han realizado múltiples campañas de recolección de sangre para que Junior pueda aguantar hasta el trasplante. Pero no ha sido fácil. “Cuando se trata de donar sangre para haitianos, la gente es bastante pesadita. Yo he tenido que moverme por mar y tierra para lograr que la gente se comprometa”, cuenta Ana.  Cada martes, cuando Ana Iturra comienza la campaña por Facebook para pedir sangre para un haitiano, y solo las personas que van a la  iglesia se hacen parte de su red de apoyo.

Mientras todo esto ocurre, Junior solo quiere irse a Santiago y trabajar donde su hermano. No entiende la gravedad de su enfermedad. Y encuentra muy mala la comida del hospital.

—Hijo, tienes que comerte la comida —le dice Ana, mientras lo abraza hacia arriba, como colgándose de él, por su baja estatura.

—Mama, no sabor. Malo esto —dice Junior, acariciando el cabello de la mujer.

La pieza donde este inmigrante pasa sus días está ubicada en la séptima planta del Hospital Base Valdivia. Tiene espacio para seis camas. Hay cuatro ventanas y tiene piso de baldosas blancas con puntos negros. En sus tres meses de hospitalización, varios pacientes han pasado por ahí y luego se han ido. Él único que lleva tanto tiempo en la misma cama, es él.

Para el personal del hospital ha sido muy difícil tratar a Junior. Él intenta irse todos los días y a veces no se come la comida. Su escaso conocimiento del español impide que se le pueda explicar directamente la situación en la que se encuentra.  Parece no entender, o no querer entender, que si deja el centro hospitalario corre el riesgo de morir.

2 comments on “La fe en común: Ana Iturra y los haitianos de Los Lagos

  1. ES posible encontrar un traductor y explicar a este señor que tiene una enfermedad de riesgo mortal….no cuesta nada, con sentido comun y buena voluntad.

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  2. Karin Cea Ramírez.

    Conozco a Junior. Es algo testarudo. Sin hablar su idioma nos comunicábamos bien. Por lo tanto creo que él sabe de su enfermedad. Si desea salir del hospital es porque extraña a su familia. Tiene un amigo Ahitiano se llama Luckenson, el entiende mejor español. Tal vez por ahí se pueda hacer la conexión de idioma.

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