Nacional Reportajes y Entrevistas

¿Y cuándo nos echan?

En 1967 el estudiantado de la Casa Central de la Universidad Católica se reveló contra la institución realizando por primera vez una toma que mostraba su rechazo a las autoridades y a sus formas de enseñanza. Hoy, después de 50 años, la radicalización es diferente. En mayo de 2018, un grupo liderado exclusivamente de mujeres se tomaron el campus con el fin de ser escuchadas. Este relato muestra el temor y la inexperiencia de sus protagonistas, un hecho que las unió, pero terminó quebrando muchas relaciones hasta el día de hoy.

Una mañana diferente vivieron cientos de estudiantes y docentes en la Casa Central de la Universidad Católica. La mañana del viernes 25 de mayo de 2018 las puertas del antiguo edificio estaban cerradas con cadenas y candados. Una gran multitud de jóvenes se aglomeraba en las entradas con pancartas y carteles que difícilmente se podían ignorar al pasar por la Alameda.  Desde un taxi que había tomado en su desesperación de llegar temprano, con fiebre, pero ansiosa, Bárbara Pérez veía emocionada el revuelo que se formaba a fuera de su facultad y desde arriba la imagen del lienzo colgado desde la capilla que decía: “Toma feminista: Ahora es cuando”.

En el interior del campus, las alumnas esperaban expectantes la reacción de sus pares y de las autoridades. No creían estar más de 45 minutos adentro, y ante un posible desalojo, taparon todos los accesos. Sacaron todas las sillas y mesas de las salas, los bancos de los patios, y todo objeto de gran tamaño que sirviera para armar las barricadas que se esparcían por las seis entradas del primer piso y las cuatro conexiones que había en el segundo piso.

Ya encerradas y con movilidad reducida por solo dos patios del terreno, las estudiantes comenzaron a armar un plan de acción ante la posible llegada de carabineros.

La reacción de los que estaban en contra de la toma no tardó en aparecer. “Al principio había mucha confusión entre alumnos, eso es algo que nunca había pasado. Después se empezaron a emputecer los profesores”, recuerda Gabriela Luna, quien no alcanzó a entrar junto a sus compañeras y se quedó vigilando la entrada justo cuando un docente de Derecho comenzó a alzar la voz exigiendo que sacaran el Santísimo que estaba en la capilla.

– No te vamos a pasar nada, esto es una toma –, respondieron desde adentro.

“Igual nadie entraba a la capilla, había ciertas personas autorizadas, pero sabíamos que no iba a pasar nada”, recalca Luna. Pero la respuesta sólo generó mayor revuelo y los ánimos entre las partes se empezaban a poner cada vez más tensos.

La molestia de quienes se oponían a la movilización no descendió durante el día. Muchos estudiantes lograron entrar al recinto por la parte posterior, donde se encontraba la clínica que nunca se pensó cerrar. Ya instalados en el patio de la facultad de Derecho, los y las jóvenes que se encontraban ahí tomaron la decisión de no abandonar el recinto mientras la radicalización continuara. Así se formó la contra toma.

Las puertas del campus se abrieron por primera vez como a las 5 de la tarde. Para entonces, muchas de las personas que esperaban afuera ya se habían ido. Bárbara fue una de ellas. Estuvo todo el día protegiendo las entradas, pero decidió no quedarse y volver al día siguiente con más provisiones.

La que sí logró entrar fue Gabriela. La joven estudiante de Derecho se dio cuenta de que nadie en el interior estaba preparada para pasar la noche en el lugar. No había comida suficiente para todas, y muchas de las que estaban desde el inicio no llevaban nada para enfrentar el frío nocturno.

Pero en ese momento todo lo anterior poco importaba. No sabían que se iban a quedar todo el fin de semana encerradas. No sabían que el ambiente con el pasar del tiempo se volvería más intenso y muchas relaciones se iban a cortar. Su único temor en ese momento era pensar en el posible desalojo que nunca llegaba. “Todo el tiempo en la toma fue pensar cuando nos echan” recalca Gabriela.

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Foto: El Desconcierto

Así comenzó todo…

Durante el año, las distintas movilizaciones por parte de los grupos feministas comenzó a tomar cada vez más fuerza en todas las universidades del país. En la Católica no fueron ajenos a la situación.

– Desde las distintas facultades se empezaron a levantar espacios de asambleas que al final terminaron en una grande de las mujeres de todas las carreras – relata Bárbara quien participó en varias reuniones.

La gran asamblea concluyó con la creación de un petitorio a nivel universitario, y se anunció que este sería presentado a Casa Central. Gabriela, que formaba parte del movimiento feminista (MAFI) que lideraba las asambleas, fue a la entrega del documento.

– El día que fuimos el rector no estaba y nosotras habíamos dado aviso, se sabía que nosotras íbamos a ir a entregarlo – recalca.

Ante esa situación, la organización de mujeres decidió convocar a una asamblea especial. Comenzaron a surgir los rumores de una toma. “Nos fuimos a la Facultad de Arquitectura de la Chile (FAU) que queda al otro lado de Portugal, al lado de Casa Central”, agrega la estudiante.

El veredicto de la reunión fue finalmente que el viernes se llevaría a cabo la ocupación de la Casa Central. Es así como el jueves 24, un grupo de mujeres, la mayoría de los campus de San Joaquín y Oriente, se quedaron en la Facultad de Derecho de la Universidad de Chile toda la noche. Ya en la mañana emprendieron rumbo al principal edificio de la PUC.

– Se distribuyeron de distintas formas, algunas iban a entrar inicialmente, otras esperarían afuera con el lienzo para cuando llegara prensa – recuerda Bárbara, quien originalmente estaría a las seis afuera del campus, pero se quedó dormida.

Aproximadamente a las siete de la mañana la parte administrativa y el patio del Papa de la universidad ya estaban tomados.

La toma PUC, muy PUC

Entrar a la toma no era sencillo. Las puertas generalmente se abrían una vez en la mañana y una en la tarde para evitar un flujo constante que pudiera terminar en un desalojo del recinto. Manuela Gil y Martina Hartwig, ambas estudiantes de sociología de la Católica, estuvieron desde el viernes en la mañana afuera del campus para mantener la vigilancia de las entradas de Lira y Portugal, y esperaron a que abrieran las puertas para poder entrar.

– Primero nos pusimos todos en una entrada y otras niñas, que no iban a entrar, en otra entrada. Todas nos pusimos a hacer ruido y a bailar, y en un momento cambiamos de una entrada a la otra para confundir a los periodistas y que no se dieran cuenta de que estábamos abriendo una puerta – recuerda Martina.

Ya en el interior, las “nuevas” no podían identificar a nadie adentro porque todas estaban encapuchadas. Las hicieron mostrar su credencial (TUC) para comprobar que eran de la universidad, y luego las pusieron en fila para que alguien al interior las reconociera y pudieran finalmente entrar. Eso no era difícil para Martina que con su pelo color rojizo fue identificada inmediatamente.

Bárbara también logró entrar, pero lo hizo al día siguiente. La estudiante de Periodismo se sorprendió mucho al ver el frío edificio por el que entraba todos los días, era el mismo lugar, eran las mismas cosas, pero no era igual, tenía una energía distinta. Se percató de que en cada sala se había tapado los nombres originales, que eran solo de hombres, y se habían puesto nombres de destacadas mujeres de la Historia del país.

La rutina diaria dentro de la toma se centraba en innumerables asambleas, que se desarrollaban en la sala 10 que tenía capacidad para 100 personas, se iban determinado todos los pasos a seguir mientras no las desalojaran. Pese a la inexperiencia de muchas, la organización funcionaba a la perfección. Cada una cumplía su función y en las salas que se utilizaban se mantenía el orden y limpieza.

– Cuando entré a la sala donde se estaba preparando desayuno, todas las cosas estaban ordenadas y había distintas bolsas de basura para distintas cosas, los productos bien distribuidos. Hasta la toma de la PUC era muy PUC – recalca Bárbara.

En las noches la tranquilidad era engañosa. La ausencia de gente al exterior, la presencia de la contra-toma y los rumores de un posible desalojo generaban gran nerviosismo entre las estudiantes que se encontraban encerradas. Por esta razón se armaron cuadrillas de vigilancia de dos personas en cada una de las puertas. “Las noches eran particularmente intensas, mucho más que el día”, recuerda Martina, quien le tocó hacer guardia y tuvo que resistir en una esquina cuando había disturbios.

Alumnos de la UC protestan en contra de la toma
Foto: La Nación

La contra-toma

Cuando el viernes Agustín Gallego, estudiante de Derecho de la Católica, iba muy temprano de camino a la universidad, se enteró de la noticia que esta había sido ocupada. Junto a unos amigos se dieron la vuelta por Lira y entraron por la clínica donde ya había mucha gente muy confundida y se empezaba a sentir la tensión entre las partes.

–Me acuerdo de que en la facultad de derecho se empezó a organizar la gente, y lo primero que se hizo fue tratar de establecer diálogo con la otra parte – recalca Agustín.

Se organizó un círculo de confianza que fue liderado por Sofía Flores, estudiante de Periodismo en ese tiempo quien, al ver la noticia de la toma por la televisión, se instaló en el campus para brindar apoyo a quienes no compartían la forma en la que se llevaba la movilización. Junto a un par de compañeros, entre ellos la presidenta del Centro de Alumnos de Derecho, realizaron esta actividad para dialogar con la gente de la toma.

– Fue una instancia muy buena porque pudimos compartir muchos puntos de vista, y nos dimos cuenta de que no pensábamos tan distinto, pero faltaba comunicación – destaca la actual estudiante de Derecho.

Aún después de las conversaciones, la toma se mantuvo en pie. Ya cuando se veía que las estudiantes iban a pasar la noche adentro, desde el patio de derecho los jóvenes tomaron la decisión de quedarse también hasta que se bajara la movilización. Sofía recuerda que llamó a su mamá para avisarle y aunque ella le insistió que se devolviera, ella estaba comprometida con la causa de sus compañeros.

– No teníamos nada y más encima estábamos súper desabrigados porque nadie estaba listo para quedarse – recuerda.

Y no hubo desalojo

Ya el domingo, las cinco voceras que fueron seleccionadas para tener reuniones con las autoridades de la universidad, habían dado aviso que el rector aceptó los puntos mínimos del petitorio, y la única condición era que se bajara la toma.

Es así como esa noche se llamó a una asamblea para determinar el futuro de la movilización. La reunión se terminó alargando por más de diez horas en donde no se pudo llegar a un acuerdo y las relaciones al interior se empezaron a quebrar.

– Fue súper agresivo, las niñas se gritaban fachas, y muchas se fueron llorando. Estuvo muy mal –, recuerda Manuela quien luego de terminar la asamblea decidió abandonar la toma.

La mañana del lunes el ambiente estaba muy desgastado. Muchas no habían dormido, otras no hallaban lo hora de salir, y los temores de un posible desalojo volvían a instalarse con más fuerza. Es por todas estas razones que se decidieron abrir las puertas y dejaron entrar a muchas personas que no tenían relación con la toma. Se convocó a una última asamblea, pero ya con sólo ver la gente que estaba adentro, la respuesta ya era clara: la toma llegaba a su fin.

– La decisión de bajar la toma no fue por una convicción política, ni tampoco por un mal funcionamiento de esta – recalca Gabriela que luego del veredicto de la asamblea donde muchos de los que votaron jamás habían pisado la Universidad durante el fin de semana. La estudiante se fue con un gusto amargo.

La imagen final que todos tenemos de la movilización es la de las mujeres saliendo de la Casa Central tomadas de los brazos, flanqueadas por el lienzo que estuvo colgado en la parte delantera del edificio. Todos pensarán que lo habían logrado, que estaban felices, pero la realidad es que el cansancio y las hostilidades llevaron al grupo a ya no poder mantener algo que ellas creían que con suerte duraría unas horas y terminó con cuatro días que harán historia, pero como todo acto también dejó sus consecuencias.

– La toma generó mucha sororidad en un momento, pero también quebró el movimiento feminista en la interna – revela Bárbara, luego de la experiencia que sabe que nadie va a poder olvidar.

Deponen toma feminista en la casa central de la Universidad Católica
Foto: El Desconcierto

Foto Principal: Cooperativa

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